5 años antes.
Se levantó como cada mañana, algo temprano, para preparar todas las cosas para la escuela. Le gustaba ir a la escuela, porque aprendía muchas cosas que no sabía, y hacía muchas amigas. Era muy divertido. O eso pensaba ella.
Su madre la llevó como cada mañana hasta la puerta del recinto. Le dio un beso en la mejilla y la despidió con una tierna sonrisa en el rostro, que hacía que ella se sintiera aún más feliz de ir a la escuela, porque pensaba que así hacía feliz a su madre.
Las tres primeras horas de clase fueron extrañas. Cada vez que levantaba la mano para responder a las preguntas de la maestra, le tiraban una bola llena de saliva, que llamaban "canuto". ¿Se lo decía a la maestra? No, no había que llegar a ese extremo. Sería una broma, sí. Sólo una broma.
En el recreo fue felizmente a buscar a su amiga. A la única que le hablaba en los recreos. Pero la vio con otra chica, más mayor que ella. Se estaban riendo, estaban todas juntas comiéndose el bocadillo. Una punzada al corazón. Agachó la mirada, se giró, y se escondió sola, para comer ella también.
Pasó el recreo y volvió triste a clase. No levantaba la mano, pero le seguían tirando aquellas bolas. No se quejaba, sólo se giraba, sonreía y seguía pintando la esquina de su libreta.
Cuarta hora, le tiraron un papelito. Lo abrió, y leyó "fea". Una palabra de tres letras que la marcó. Era pequeña, pero no era tonta. Se volvió a girar, vio que toda la clase reía, ella quería llorar, pero retuvo las lágrimas, aguantó, se sintió fuerte, volvió a sonreír, y a pintar la esquina de su libreta.
Quinta hora, la cosa se fue agravando. Más notas, más insultos, más risas, más bolitas. ¿Qué estaba ocurriendo? Ella no entendía. Quizás sí que era pequeña y tonta. De nuevo sonreía, se quitaba las lágrimas con la camiseta, y seguía pintando la esquina de la libreta.
Sexta hora, sólo una sesenta minutos para ir de nuevo a brazos de su madre. La única amiga que le quedaba. No, seguro que todo eso era una broma o quizás era todo un malentendido. Suspiró, tocaba plástica, le encantaba dibujar. Tema libre, genial, dibujaría un parque con unos patos en una charca. Felizmente aplicaba los colores a aquel paraíso, y vinieron más notas. Tragó saliva, preparándose. No venían letras, sino, un dibujo. Una especie de bola, con cuatro líneas que hacían de piernas y brazos. Arriba, en mayúsculas su nombre. Arrugó el dibujo, lo tiró al suelo, y continuó haciendo un nuevo dibujo.
Las semanas pasaban y aquello seguía. Comenzaron los empujones, las burlas, las persecuciones. Le quitaban la cartera, tiraban todo lo que traía. Le quitaban el dinero y el bocadillo, le rompían los deberes. Pero ella sólo sonreía, cogía una libreta, y dibujaba.
Al año siguiente todo continuaba igual, sólo que ella ya era más consciente de sus actos, de lo que pasaba, de lo que ellos pensaban. Empezó a coger cuchillas, a hacerse pequeños cortes en las muñecas. Descargaba toda la rabia en ellos, cada día se hacía uno más que el anterior, siempre en el mismo sitio.
Sus padres la pillaron, se sorprendieron, su madre lloró, y la llevaron a un psicólogo. Estuvo en tratamiento por un año. Salió, todo parecía de otro color. Ya no tenía miedo de ir a clase, todo estaba bien ahora. Todo lo malo parecía haberse ido, jamás sucedería de nuevo, le dijo aquel doctor.
Dejó el colegio y empezó la secundaria. Allí podría hacer nuevos amigos, dejar el pasado atrás. Siempre llevaba muñequeras, siempre era eso el centro de las preguntas. "Me gustan mucho" contestaba ella. Aunque sólo las usaba para tapar las cicatrices que no se iban de aquella muñeca.
Dos años después, nuevo curso. Ya conocía a los compañeros, todo parecía bien. No había más cortes, ni más depresiones. Tuvo novio, fue feliz. Tenía una mejor amiga, le tocó con ella en clase, suspiró de alivio. Nuevos compañeros llegados, no los conocía. Intentó ser amable con todos. Pero un deja vu le surgió. Todo comenzaba de nuevo.
Una buena mañana de nuevo se levantó. Se preparó, y cinco minutos antes llegó a la escuela. Nadie la saludaba. Su mejor amiga no la había esperado, ella ya estaba dentro del recinto. Le pidió explicaciones pero ésta la ignoró. Sonó el timbre, fueron a clase. No era la primera vez que esto pasaba, llevaba así más de un mes.
Primera hora, se sentó en su sitio de siempre. Todos se cambiaron. La fila quedó sola, y ella sentada la primera. Miró suplicante a su amiga, quería que se sentara con ella. La giró la cabeza, ella bajó la vista y volvió a pintar las esquinas del cuaderno.
Segunda hora, deporte. Salieron al patio, hicieron equipos. Su mejor amiga estaba de capitana, sintió que iban a formar un gran equipo ambas. No la eligió a la primera. Suspiró, quizás a la segunda. Tampoco. "A la tercera va la vencida", pensó. Tampoco. Se quedó la última. En otro equipo. Sin su mejor amiga. Triste. Decepcionada.
Tercera hora, alguien debía sentarse con ella, así lo dictaba la profesora. Miró a su mejor amiga. Ella negó, se sentó al lado de uno de los chicos nuevos. Ella se quedó sola. Todos tuvieron pareja. Ella no tuvo a nadie.
Recreo. Esperó en un banco sentada a su mejor amiga. Ella no apareció. Punzada en el corazón. La buscó. La encontró. Con otra. Feliz, comiéndose el bocadillo. Punzada en el corazón. Volvió al banco, sola. Se sentó y comió en silencio, dejando que un par de lágrimas salieran sin previo aviso.
Las tres últimas horas mejor no nombrarlas. Gritos, insultos, empujones, tirones de pelo. Pero no era la primera vez que pasaba. Sonreía, se apartaba del camino de todos, y dibujaba.
Llegó a su casa. No había nadie. No se calentó la comida que le dejó su madre en un recipiente. Se sentó en el baño, cogió la cuchilla, volvieron a aparecer los cortes en sus muñecas.
Una semana, cada día, dos veces. Así estuvo. Esta vez, su madre no se enteró tan rápido como la primera vez. Tenía cabeza, conciencia, sabía qué había que hacer, cómo había que hacerlo, dónde había que hacerlo. Limpiaba rastros, guardaba las cuchillas en lugares seguros. Una amiga le vio los cortes. Se preocupó. Pero no sabía qué hacer, más que intentar que se distrajese.
Le enseñó la historia de los chicos de un grupo del que era fan. Lo que ella aprendió de ellos. Le enseñó los mensajes de sus letras, le hizo pasar buenos ratos viendo vídeos, viendo fotos. Ella consiguió olvidarse de todo, olvidarse del dolor, gracias a esa chica, gracias a ese grupo.
Una semana después le confesó a su madre los cortes. La llevaron a un psicólogo. Él dijo que no hacía falta traerla, ella se había dado cuenta del error sola. Ella había tenido un apoyo en sus peores momentos. Ella había descubierto un tratamiento que le hacía efecto inmediato, más que las pastillas.
Empezó a sonreír, ese grupo le enseñó demasiadas cosas. Comenzó a ser feliz. Todo le daba igual. Restaba importancia a las cosas que antiguamente la habrían puesto con ganas de revivir los cortes. Aprendió. Maduró. ¿Creéis que no fue gracias al grupo? Eso no lo sabéis. Ella conoce mejor que nadie lo que ha sufrido, y conoce mejor que nadie lo que la han ayudado.
Cuando peor estés, cuanto más negro lo veas todo, más debes sonreír. No es necesario que lo hagas por una foto. No finjas sonrisas. Que lo que te hace feliz, resuene más que los problemas, que los cortes, que las cuchillas, que los roces de la campanilla. Busca en ti, siempre hay algo que te haga sonreír.
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